Su método, sencillo y conducido con arte, llegó a volverse un clásico: primero decidía un crimen, después trabajaba en un móvil tan obvio que pudiera ser descartado por el público, entonces elegía un reparto variopinto de personajes capaces de asesinar, en el que no faltaban amantes celosas ni mayordomos afectados, y recién entonces desarrollaba el argumento. "El guion me viene en la calle, cuando estoy caminando, o comprando en una tienda de sombreros", dijo. Pero lo que terminaba de volverlo perfecto eran sus dos ingredientes triunfales: venenos mortales y un detective sagaz. "El veneno tiene cierto atractivo", decía.